Desde la mirada de un autodidacta, el diseñador sueco David Carlson nos propuso por qué el diseño debe reorientar la suya.
 
Por Inés Pascal
En la reciente Bienal de Diseño de Santiago, alguien prendió una luz sobria y sabia, nada estridente ni efectista, para mostrarnos un camino distinto por el cual desarrollar esta actividad profesional con un poderoso sentido humanista.
David Carlson, diseñador autodidacta sueco mundialmente reconocido, habló con sencillez y visión sobre el rol ético del diseño, derribando con la espontaneidad de un niño la pompa académica y egocéntrica que suele dominar el discurso estilístico y “de autor” de la profesión. Fue una oportunidad de enfocar la mirada desenfocada. Y de ajustar el rumbo hacia el sentido humano de lo que hacemos. La profundidad de sus puntos de vista y la convicción de su discurso debieran producir réplicas tanto en la acción como en la reflexión sobre nuestro quehacer.
La intervención de David Carlson tuvo mucho de inspiración para nuestro trabajo individual, y otro tanto de validación para una búsqueda iniciada hace ya varios años por el equipo multidisciplinario de Procorp.
Resultó estimulante confirmar que hemos estado avanzando en la línea correcta y que somos parte de una tendencia mundial, que reelabora el sentido y el rol del diseño encaminándolo hacia nuevos campos de intervención e innovación.
Palabras claves de Carlson: sustentabilidad, pensamiento holístico, respeto a la diversidad, reciclaje, armonía, emociones, afectos, empatía, responsabilidad social, valor de lo local. Una cazuela con un delicioso sabor a futuro y cargada de matices humanistas.
Sumergidos en la globalidad, desconcertados por el incesante cambio, la revalorización de lo local se nos presenta como la más rica fuente de innovación con identidad. Crear inspirados en lo verdaderamente propio y ejecutar para resolver necesidades reales y nuestras: tal es el camino hacia la necesaria diferenciación que nos permite configurar una identidad. En lo local, es decir en lo propio, radica nuestra fortaleza.
De todo lo que vio en su paso por Santiago, David Carlson destacó la riqueza invaluable de la Peluquería Francesa. En cambio, visitó el Hotel W y vio nada. ¿Cuántos W y su estética híbrida hay en el mundo? ¿Qué dice de nosotros esta “prótesis” estética? Poco y nada. Solo una oda banal, prepotente y desesperada, a la necesidad de pertenecer en un mundo global sobrevalorado.

 

Mientras tanto, la Peluquería Francesa, a punto de ser asimilada por esta misma atávica debilidad frente a las modas elitistas y esnobs, la relegamos al restringido ámbito de lo pintoresco, devaluando su histórico significado de pertenencia y expresión de identidad.

 

Producir menos y mejor, ése es el desafío. El desafío moderno, si acaso eso es lo que buscamos. Aquí la velocidad queda altamente cuestionada, pues el proceso de creación de calidad demanda un tipo de tiempo “campesino”, que permita observar, vivenciar, pensar, escuchar, conversar, preguntar. Y colaborar. En las preguntas está el origen de todo. ¿Qué, para qué y para quién creamos? Se trata de crear con un sentido definido y noble, de resuelta y convencida responsabilidad social.

 

La belleza no se reduce a la estética. Es una experiencia emocional y empática. El diseño se movió con fuerza hacia el ámbito de la creación de experiencias humanas inclusivas a través de los objetos, productos, servicios y espacios.

 

El valor de lo diseñado hoy reside en lo que nos produce, en lo que nos resuelve, en cuánto nos mejora las condiciones de nuestra existencia. La de todos.

 

Así comienza, con naturalidad y sin retóricas, el viraje desde el diseño autoral hacia un diseño narrativo, ritualista y auténtico. En ese sentido, la propuesta conceptual del Design Thinking se define por estar puesta al servicio de su función, no de su justificación teórica. La propuesta conceptual pomposa y solemne, en cambio, no tiene otro origen que el un obsoleto complejo de inferioridad.

Este viraje implica un salto cualitativo que resignifica el sentido, el proceso y el resultado del diseño hacia el win win. Es decir, hacia una situación donde todos ganamos. Como debe ser, ni más ni menos.

 

Por último, en la base de este nuevo posicionamiento del diseño, encontramos una vocación por el Design Research. Nada nuevo, excepto que ahora es obligatoria, sistemática e incorpora la innovación metodológica como una constante.

 

Si el diseño adquiere un sentido humano y socialmente responsable, solo cabe aproximarnos a los destinatarios de nuestra creación. Y hacerlo desde una mirada empática, respetuosa y sensible, que indague en lo que nos es familiar para encontrar aquello que será sorprendente. Salir a la calle, andar en micro, entrar a los hogares, observar conductas y comportamientos, escuchar, son oportunidades valiosísimas para encontrar nuevos significados y proponer innovaciones relevantes para la gente. Así creamos valor, así revalorizamos el diseño.

 

David Carlson (david.se) nos propuso visión, sentido y significado. Ojalá que a todos quienes estuvimos presentes en su charla nos haya dejado pensando en cómo reenfocar la mirada desenfocada.

 

M. Inés Pascal es etnógrafa y Directora de Investigación Aplicada de Procorp.

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