Hipsters, pokemones y estructuras de sentimiento

Por Antonia Hernández

Para cualquier persona de más de treinta años, la irrupción de subculturas sin interés alguno en cambiar el mundo es vista con escepticismo. Los jóvenes que no cuestionan convenciones sociales, ni económicas, parecen ser otro invento del mercado, que los atisba con ojos hambrientos antes de abordarlos con productos hechos a su medida. Sin embargo, esas apariciones volátiles tienen algo que contar y pueden ser observadas como una dimensión emocional de nuestro tiempo. O como una estructura de sentimiento.

 

El término fue acuñado en 1977 por el teórico galés Raymond Williams, para quien la barrera más fuerte, al observar la actividad cultural humana, es nuestra tendencia a transformar la experiencia en productos definidos y acotados, en lugar de verla en su capacidad formadora y transformadora. A la manera de un insecto clavado con un alfiler, este tipo de aproximación puede entregarnos gran cantidad de información útil, pero inerte. Esto se debe a que tratamos de atrapar el presente con las herramientas de las que ya disponemos, por definición antiguas, y de reducir lo social, que está vivo y en movimiento, a formas fijas y estáticas. Lo anterior es particularmente válido para manifestaciones como el arte, la moda, las subculturas y el lenguaje en general.

 

La palabra de moda parece ser hipster. Aunque, por lo visto, nadie que pudiéramos identificar como tal quiere ser llamado así. Es más, esas mismas personas –si es que realmente existen- se refieren peyorativamente a otros como “hispters”, acusándolos de tratar de parecer auténticos sin conseguirlo. Porque en el centro del fenómeno hipster hay una declarada búsqueda por lo auténtico, que en este caso quiere decir único, pero que a lo lejos es sólo otra cara de lo exclusivo. ¿Es posible reunir en una subcultura a personas que no expresan solidaridad de grupo, que incurren en una llamada ‘fetichización de lo exclusivo’ y que no muestran interés alguno por compartir esa distinción?

 

Raymond Williams explica también que las corrientes artísticas siempre oscilan entre el colectivo y la individualidad. El movimiento que ahora llamamos romántico, por ejemplo, se asimilaba en su propio tiempo a un continuo estallar de individualidades desconectadas, que sin embargo ahora nos parecen completamente homogéneas e idénticas. Raymond Williams dice que las formas fijas no son elocuentes para fenómenos volátiles, y que incluso no son capaces de reconocerlos. Las experiencias vivas, afirma, necesitan una lectura activa, contraria a los términos reductivos. Se requiere una ‘conciencia práctica’ capaz de leer lo que se está viviendo, y no lo que se piensa que se está viviendo. Esa conciencia, distinta de la conciencia oficial, es un tipo de sentimiento a la vez social y material: es una ‘estructura de sentimiento’.

Las estructuras de sentimiento pueden ser definidas como ‘experiencias sociales en solución’, casi en estado gaseoso. Se trata de observar los cambios sociales cuando todavía son emergentes, sin tratar de traducirlos a experiencias anteriores y reconociendo en ellos las cualidades particulares y especificidades históricas que entregan, finalmente, ‘la sensación de una generación o un período’. Esto es particularmente importante aplicado a la observación de subculturas, porque Williams afirma que hay algo privilegiado en la experiencia específica generacional de la juventud. Probablemente, porque ese estado gaseoso, antes de su condensación, es más fuerte que en ningún otro momento de la vida.

 

Entonces, en esa tendencia que reconocemos como hipster, aunque nadie responda al llamado, surgen pistas sobre nuestro tiempo. El que sea o no recogido con avidez por el mercado es sólo otro dato. Lo más reconocible en una tendencia es un estilo, una manera de hacer algo, y un estilo puede ser observado como una estructura de sentimiento. Y consiste en un cambio general, más que en un set deliberado de decisiones, aunque efectivamente se puedan desprender decisiones y efectos de este cambio.

 

Un estilo trata más bien de la reorganización de elementos existentes, que de la creación de elementos nuevos. Si existe un estilo hipster, éste privilegia una nueva valorización de las artes y de lo que llamamos Humanismo. Aunque hoy asistimos a la ascensión al poder de quienes sí sabían manejar las tecnologías cuando todavía eran nuevas y complejas –primero llamados despreciativamente nerds y luego, con más respeto, geeks-, la simplificación de su uso les ha ido quitando reinado, al menos en la cultura popular.

 

Los jóvenes hipsters reniegan el saber popular de Wikipedia y buscan referencias difíciles. Capaces de transar comodidad por autenticidad, no están dispuestos a renunciar a privilegios de clase alta, aunque la forma de éstos varíe. A diferencia de otras expresiones burguesas, la ropa de un hipster puede ser de segunda mano, pero el conocimiento que se tiene de ella es de primera. Hay ciertas recurrencias estéticas más o menos claras: una silueta que es gruesa desde los hombros hacia arriba, acentuada con anteojos de marco oscuro o bufandas, y extremadamente fina desde la cintura hacia abajo. O también una indefinición expresada en ropa que no debe ser nueva, en cierta ambigüedad sexual y en una inclinación por música que parece susurrada. Sin embargo, y por muy evidente que sea, la simple apropiación de un objeto o un tipo música no significa la aprehensión de un estilo. Lo que hace un estilo es la estilización: la activa organización de objetos con actividades y actitudes que producen una identidad de grupo bajo una manera distintiva de “ser-en el mundo”.

La subcultura que llamábamos pokemona, versión chilena del fenómeno emo, es otro ejemplo interesante. Para furia de otras subculturas con más discursos de identidad, los pokemones tomaban elementos de ellas sin preocupación por sus significados, mezclando sin miedo accesorios del gótico y del punk. Las cosas pueden estar ahí, disponibles, pero –y este es el dilema de las marcas que quieren aprovechar la ola de consumo que sigue a esos fenómenos– deben ser usadas, activadas, para construir un estilo.

 

Las diferencias entre una subcultura y otra pueden ser vistas en términos de adición, supresión o modificación de elementos, pero estos términos no son capaces de explicar el fenómeno completamente. Porque si bien importa el qué se usa, más importa el cómo. Y eso, muchas veces, implica una subversión de los elementos, en términos de sentido.

 

Volviendo al mundo de los hipsters, dado que cultivan la ironía (y no han sido la primera subcultura burguesa en hacerlo), es frecuente verlos con prendas destinadas al público masivo, como poleras con mensajes reclamativos o figuras alusivas a la cultura pop. Pero el sólo hecho de que ellos las estén usando constituye un gesto irónico, que sólo puede ser reconocido por sus pares. Y así.

 

Todos los productos tienen un valor de mercado y uno social, y por lo tanto uno cultural: todos los productos son signos culturales. Lo que es distintivo en una subcultura consiste al mismo tiempo en los materiales de los que este grupo dispone para la construcción de su identidad y en su contexto. Tratar de observar estos fenómenos en tiempo presente, como la estructura de sentimiento que Raymond Williams plantea, puede iluminar nuestra comprensión del momento que se vive.

Diseñadora, artista visual y connotada bloguera (corazondelatex.cl), Antonia Hernández es consultora asociada de estrategias digitales de Procorp.

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